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La esclavitud femenina en las islas de San Andrés y Providencia en las novelas Si Je Puis. I will if I can (2019) y Copra (2020) de Hazel Robinson Abrahams Cover

La esclavitud femenina en las islas de San Andrés y Providencia en las novelas Si Je Puis. I will if I can (2019) y Copra (2020) de Hazel Robinson Abrahams

Open Access
|Oct 2025

Full Article

Introducción

Algunas narraciones producidas en el Archipiélago de San Andrés, Providencia y Santa Catalina presentan rasgos comunes como la actitud nostálgica y la constante evocación de los elementos del pasado (Patiño, p. 40). Hazel Robinson Abrahams, una escritora destacada del archipiélago, nacida en Providencia en 1935, se dedica a narrar la historia de las islas; entre estas se encuentran No Give Up, ¡Maan! (2002), Sail Ahoy! (2004), El príncipe de Saint Katherine (2009), Si je pius. I will if I can (2019) y Copra (2020). Este estudio revisa las últimas dos novelas en las que se describe el papel de la mujer negra en el archipiélago en la transición de la esclavitud hacia la emancipación.

Las novelas de Robinson Abrahams no solo tienen estos elementos, sino que también existe en ellas un interés por mostrar otros aspectos históricos de las islas como lo son:

en las relaciones entre la religión y la política, el deleite al documentar la empresa de navegación que constituyó la historia de las islas y del Caribe hasta la llegada del avión a mediados del siglo XX y el afán por inscribir a la mujer en el destino del archipiélago, como testigo, protagonista y narradora de los eventos que allí se han dado. (Patiño, p. 40).

la autora presenta las islas en constante “disputa entre la colombianización y la caribeñidad (…) en constante problemática identitaria basada en la necesidad de reconocimiento de la lengua nativa, su religión y sus costumbres” (Piamba Tulcán, 2021, 56). Novelas como Copra (2020) y Si je puis. I will if I can (2019) retoman acontecimientos de la historia lejana de las islas, en especial aquella que hace referencia a la esclavitud femenina.

Robinson Abrahams nos habla de las mujeres que tienen una agencia y empoderamiento en los diferentes momentos de la historia. Por ello, para el estudio de estas obras utilizamos un método de análisis a partir de dos perspectivas teórico – metodológicas: la comprensión y la explicación. Vinculando a esto, el método propuesto por la Filosofía de la Liberación (Dussel 2011), que se entiende a manera de un círculo hermenéutico en dos fases: 1) la lectura y comprensión filosófica de la realidad histórica y 2) la relectura de los grandes temas filosóficos a partir de un nuevo horizonte que privilegia la visión de América Latina, el Caribe y los sures globales, que aleja las perspectivas eurocéntricas. Además, se dialoga con el Nuevo Historicismo (Gallagher and Greenblatt, 2000) pues permite acceder a la vastedad del texto, este como “counterhistory” para comprender la unidad esencial de los elementos diferenciales y recurrentes de las novelas en función de la esclavitud femenina negra en el Caribe y de las formas de resistencia en las islas, y el análisis de estos en las obras estudiadas.

En Si je puis. I will, if I can (2019), la autora cuenta la historia de Providencia desde la emancipación de los esclavos hasta la redistribución de las tierras. Esta novela tiene como trasfondo la tensión generada por la libertad proclamada en uno de los cultivos de Providencia. El hijo de antiguos esclavistas ingleses regresa a la isla con una carta destinada al pastor de la misión protestante, que declara la libertad de los esclavos propiedad de su familia. En esta obra se entrelazan varias historias, la de una esclava orgullosa, decidida a no ceder hasta reunirse con su padre masái fugitivo y la de un grupo de terratenientes dedicados al cultivo de algodón. La obra se nutre de la oralidad y la memoria, enfrentando los poderes tradicionales con el espíritu transformador de las comunidades afrodescendientes.

Copra (2020) es la quinta novela de Robinson Abrahams, en la que cuenta la historia de Jazmín, joven sanandresana que trabajó durante un tiempo “en la producción de la copra” (p. 13), producto que se obtiene al secar la pulpa de los cocos, y que a mediados del siglo XX era en una oportunidad laboral para los habitantes de San Andrés, debido a que la exportación de coco desde las islas a Estados Unidos había empezado a disminuir. Los sueños de libertad de Jazmín, esclava de la copra y de sus tíos abuelos, quienes la adoptan luego de la muerte de sus padres en Panamá, son el centro de las narraciones en esta novela, que permite al lector conocer un poco más de la isla, sus tradiciones e historia, y lo que hay más allá de su mar de siete colores.

En estas dos novelas se indaga en las mujeres que son protagonistas, porque representan las diferentes formas de emancipación en tanto la labor y los relacionamientos entre esclavo y colono. Además, se demuestra un punto histórico de la Gran Colombia en relación con la isla (en la primera) y su devenir en el tiempo como forma de desarrollo social y contextual colombiano (en la segunda), en ambas obras se entiende que son las mujeres las que resignifican esa esclavitud negra, ellas a través de su cuerpo, de sus maneras y de su fuerza. Estas obras representan el ímpetu de lo femenino en la obra de Hazel Marie Robinson Abrahams.

Marco Teórico

Caribe y sus islas

Sobre el territorio de las islas del Caribe, se tejen historias que escenifican ritmos de vida concretos, arraigados en gestualidades, instrumentos, utensilios, emplazamientos urbanos o rurales, hábitos y prácticas alimenticias que configuran un cúmulo de expresiones. Allí también se encuentran, narraciones que dan cuenta de la identidad y de una historia no contada. Antonio Benítez Rojo (1998), en su libro La isla que se repite, reconoce que:

las Antillas constituyen un puente de islas que conecta, de “otra manera”, Suramérica con Norteamérica. Este accidente geográfico le confiere a toda el área, incluso a sus focos continentales, un carácter de archipiélago, es decir, de conjunto discontinuo (¿de qué?): espacios vacíos, voces deshilachadas, conexiones, suturas, viajes de la significación. (p. 116)

Es esa imagen de conjunto discontinuo la que ha perpetuado imaginarios del Caribe insular que han estado marcados por los procesos colonizadores, los diversos monocultivos, la trata de esclavos y la comercialización. Las islas han sido reconocidas como territorios de conexión comercial y turísticos, lo que ha dejado visiones contradictorias del territorio y cambios en la noción del lugar para el isleño y para quien lo visita. El isleño, se ve forzado a modificar sus formas de relación con el territorio y con los otros, entre ellos el turista y el nuevo habitante del territorio, en la medida en que las dinámicas comerciales se intensifican y se transforman.

Pensar el Caribe insular obliga a entender una multiplicidad de experiencias de migración y destierro, que han sido compartidas por diferentes naciones o territorios. Es por esto por lo que Édouard Glissant (2017), en su Discurso Antillano, propone lo que él mismo ha denominado “Poética de la relación”, una categoría de análisis con la que es posible pensar la experiencia caribeña como un conjunto de países que se han formado gracias al intercambio compartido y continuo de culturas y poblaciones (p. 139). Definido como meta-archipiélago por Benítez-Rojo (1998), el Caribe atraviesa procesos constantes de reconfiguración y se construye desde la imaginación (p. 14). Esto conduce a que los imaginarios del Caribe se representen desde múltiples perspectivas.

Ahora interesa la mirada interna del Caribe, desde las islas que componen este meta-archipiélago, cuya historia ha estado acompañada de resistencias y nuevas miradas. En este sentido, para Graciela Maglia (2017), esta región siempre se ha resistido a una comprensión desde “las definiciones coloniales, el Caribe emerge en una ola rebelde que se vuelca en nuevas playas de la memoria” (p. 91).

La recreación de la historia fracturada de la región desdibuja el pasado amerindio con el de aquellos que soportaron la travesía del medio y se vieron obligados a llamar a las islas su hogar. Las formas en que las comunidades caribeñas han definido el yo y el otro a partir de las relaciones fragmentadas, dieron pie a la aparición de movimientos literarios, políticos y estéticos como el indigenismo, la antillanidad y la créolité, que contribuyen a cultivar una identidad caribeña desde una óptica poscolonial.

Juan Duchesne Winter (2015), en su libro Caribe, Caribana: cosmografías literarias, reconoce que “el territorio es colectividad de colectividades, tejido de relaciones vivas” (p. 7). Según este autor, en el caso particular de los pueblos amerindios, el territorio comprende no solo la conformación topográfica y biológica, sino también la diversidad de seres orgánicos e inorgánicos que lo constituyen a partir de colectividades que tienen relaciones ecológicas y espirituales específicas entre ellas, que se mantienen en constante negociación (p. 13).

La figura de la isla que Benítez Rojo expone, aquella en la cual el Caribe es isla sobre todas las cosas y es omnipresente, deja ver una multiplicidad insular en la cual comenzó la colonización de América Latina, y sobre la cual se plasma el imaginario colonialista de occidente que, según Duchesne Winter (2015), se convirtió en “la maqueta en miniatura para el proyecto de colonización” (p. 14). Este autor advierte la manera en que este imaginario se representa en diferentes expresiones artísticas, en las cuales las islas se muestran desiertas. Asunto que también advierte Sidney W. Mintz (1965) en su artículo “The Caribbean as a Socio-cultural Area”, para quien la insularidad caribeña contribuye tanto geográfica como psicológicamente a que los colonizadores actúen como si las Antillas fueran tierras deshabitadas.

Las islas del Caribe, territorios segmentados, constituyen entonces el escenario para la imposición del poder colonial. El poder coloniza por división, exclusión del otro, y desterritorialización. Mintz (1965) reconoce que esta visión les permitió a los europeos establecer los términos de su futuro colonialismo en el Caribe de formas muy diferentes a las que tenían a su disposición en zonas densamente ocupadas del mundo no occidental (p. 23). De esta forma, resulta posible que la colonialidad del poder se funde sobre “la imposición de una clasificación racial/étnica de la población del mundo como piedra angular de dicho patrón de poder” Quijano, A. (2015).

La esclavitud en el Caribe

La imposición de una clasificación racial/étnica, como señala Quijano, se entrelaza con las estructuras de género establecidas por el sistema esclavista. En el caso de las mujeres afrodescendientes, como las retratadas por Hazel Robinson Abrahams, esta doble opresión las convierte en sujetos subalternos, cuyas voces han sido históricamente silenciadas. Sin embargo, a través de la autora, estas mujeres recuperan su agencia y reescriben la historia, desafiando las narrativas dominantes.

Tanto en Latinoamérica como el Caribe la esclavitud africana correspondió a una etapa tardía de la evolución de esta práctica. En casi todos los lugares del mundo se conoció la esclavitud. El autor Munive Moises (2008) define esta institución de la siguiente manera: “La dominación permanente y violenta de personas vendidas de nacimiento como el derecho de propiedad que ejerce un individuo sobre otro con sus tres componentes: uso, producto y abuso” (2008, p. 100). En el plano teórico el sistema esclavista expresó las relaciones de dominación bajo tres aspectos centrales del poder. En la primera, se resalta una faceta psicológica donde los esclavos son influenciados hasta el punto de cambiar la percepción de sus intereses, en la segunda, se contempla la perspectiva cultural donde se transforma la fuerza en derecho y la obediencia en deber y, por último, el uso de la fuerza para el control de los individuos.

En cuanto al Caribe propiamente dicho, autoras como Katia Padilla (2012) presenta el papel histórico de las mujeres afro en San Andrés desde tiempos de la esclavitud, primero con el cultivo de algodón, coco y luego la manumisión en 1853, cuando los esclavos quedan en posesión de las tierras. En estos contextos, la mujer ha tenido que reescribir la historia para insertase junto a diferentes grupos segregados como el caso de los negros. En este sentido se implanta la obra de Hazel y su “afán por inscribir a la mujer en el destino del archipiélago como testigo, protagonista y narradora de eventos que allí se han dado” (Patiño, 2014, 45).

A través de su escritura, Hazel Robinson Abrahams, no solo documenta la experiencia de las mujeres afrodescendientes, sino que también desafía las representaciones coloniales y patriarcales. Al inscribir a la mujer en el destino del archipiélago, como señala Patiño (2014), esta autora recupera una historia que había sido silenciada y redefine su lugar en el mundo. La incorporación de una perspectiva de género en los estudios postcoloniales permite visibilizar las experiencias específicas de las mujeres afrodescendientes en el Caribe. Al analizar la obra de autoras como Hazel Robinson Abrahams, se comprende cómo la intersección de raza, género y clase ha moldeado sus vidas y su escritura.

Novela Histórica y Nuevo Historicismo

Robinson Abrahams reconstruye literariamente los intereses propios tomándose la historia para “recontarla” y permitiendo que los lectores juzguen “la veracidad o la fantasía de los relatos” (Robinson, 2019) que hacen parte de la tradición oral de las islas. A diferencia del propósito de las primeras producciones literarias en el ámbito latinoamericano las cuales se publicaban con el fin de “legitimar ciertas estructuras de poder en donde la posición más alta le tocaba a los hombres de descendencia europea” (Sommer citada en Rodríguez, 1994).

El nuevo historicismo permite entender la obra literaria como producto de una cultura que posibilita “armar un cuadro más grande, con mayor arraigo social y antropológico” (Greenblatt, 2016) del hecho literario. Se atiende no sólo a la especificidad de los temas a tratar en este artículo, sino que permite entender las novelas como los textos que convocan “the vastness of the textual archive, and with that vastness an aesthetic appreciation of the individual instance” (Gallagher and Greenblatt, 2000, p. 16). Es decir, el texto como “counterhistories” que hacen visibles las grietas o ausencias en el discurso del historicismo tradicional y predominante. Podría decirse que Robinson Abrahms permite recuperar las historias negras que han sido perdidas por las tradiciones occidentales dominantes y por los recuerdos personales, todo aquello que no se registra o documenta en los archivos (Clewell, 2002).

Esclavitud en el Caribe y Feminismo Negro

El sistema del comercio del Atlántico fue posible a partir de la esclavitud africana para los siglos XVIII y XIX tras el establecimiento de la producción de azúcar a gran escala en el Caribe observamos la evolución y la consolidación de sociedades de plantación en el Caribe. Se adoptaron el color y la etnia como características determinantes y se utilizaron para definir la posición de cada uno en la pirámide social (Goveia, 1965). Para Williams (1964), en relación con la consolidación de la esclavitud en el Caribe Insular, el componente esencial fue el racismo que se usó como justificación para dominar a los obreros africanos. El autor concluye que un “giro racial” fue por tanto “otorgado” a lo que básicamente fue un fenómeno económico (Capitalism and Slavery, p. 7).

Los puertos del Caribe jugaron un papel en el desarrollo de la esclavitud, pues funcionaban como puntos estratégicos para el comercio transatlántico de personas esclavizadas. Estas ciudades portuarias, como Cartagena de Indias, La Habana y Kingston, servían de centros de recepción, distribución y venta de africanos traídos a la fuerza. Además, facilitaban el tránsito de productos generados por la mano de obra esclavizada, como azúcar, tabaco, algodón, y fortalecen las economías coloniales y el sistema esclavista. Las mujeres negras, sufrieron una doble explotación: fueron sometidas a trabajos forzados en plantaciones, hogares y mercados, y fueron víctimas de violencia sexual, utilizadas como fuerza de reproducción para garantizar la continuidad del sistema esclavista. También jugaron un papel clave en la resistencia, ya fuera a través de rebeliones, el mantenimiento de redes de apoyo comunitario o la transmisión de saberes culturales y espirituales que contribuyeron a la lucha contra la opresión. Su presencia en los puertos fue fundamental, pues trabajaban en el comercio local, en la venta de productos en las calles y en la vida doméstica de las élites coloniales, configurando así una parte de la economía y la sociedad de la época.

La esclavitud en el Archipiélago se enmarca dentro del esclavismo insular del Caribe, donde las potencias europeas implementaron sistemas de explotación basados en plantaciones y comercio marítimo. Desde el siglo XVII, el archipiélago estuvo bajo dominio inglés y luego español, lo que influyó en su economía esclavista. Los africanos esclavizados fueron traídos para trabajar en la agricultura, particularmente en el cultivo del algodón y el coco, así como en la pesca y el comercio (Parsons, J, 1985). A diferencia de la Nueva Granada continental, donde la esclavitud estaba más vinculada a la minería y la producción agroexportadora en grandes haciendas, en San Andrés el modelo esclavista era más parecido al de las Antillas, con una fuerte presencia de prácticas criollas y relaciones económicas basadas en el intercambio marítimo.

En el contexto del esclavismo neogranadino, San Andrés ocupaba una posición periférica pero estratégica. Mientras en el Virreinato de la Nueva Granada las principales concentraciones de esclavizados estaban en regiones como Cartagena, Antioquia y el Cauca, en San Andrés la esclavitud se combinaba con una estructura social donde los afrodescendientes adquirieron movilidad y autonomía, tras la progresiva abolición del sistema esclavista en el siglo XIX. La influencia anglo-caribeña en la isla generó dinámicas culturales distintas a las del interior neogranadino, con la permanencia del idioma inglés criollo y fuertes vínculos con Jamaica. Aunque la esclavitud fue oficialmente abolida en 1851 en Colombia, las secuelas de la discriminación y la marginación continuaron marcando la vida de la población afrodescendiente en San Andrés, diferenciándola del resto del país (Parsons, J, 1985).

La esclavitud femenina en el Caribe Insular del archipiélago de San Andrés y Providencia estuvo marcada por una doble opresión: la explotación racial y de género. Como en otras sociedades esclavistas del Caribe, las mujeres esclavizadas fueron utilizadas tanto para el trabajo productivo, como de labores en las plantaciones de coco y algodón, en la pesca y funciones domésticas en las casas de los amos. Robbin y Jaffe (1999), aseguran que las mujeres negras “han tenido que enfrentarse no solo a diversas formas de opresión colonial y poscolonial, sino también a la tendencia de los hombres negros a redirigir contra las mujeres los mecanismos y actitudes de explotación que ellos mismos han soportado” (p. 10–11), en este contexto la mujer negra tuvo que adaptarse no solo a condiciones extremas de trabajo, sino también a la cosificación de su cuerpo por parte de amos y esclavos.

Sin embargo, las mujeres esclavizadas en San Andrés y Providencia jugaron un papel fundamental en la preservación de la cultura afrocaribeña y en la resistencia de la esclavitud. Muchas fueron líderes dentro de sus comunidades, trasmitían conocimientos sobre medicina tradicional, religión y lengua, aseguraban la continuidad de sus raíces africanas. La maternidad se convirtió en un espacio de resistencia, pues las madres intentaban proteger a sus hijos de la brutalidad del sistema esclavista y negociaban mejores condiciones para ellos. Tras la abolición oficial de la esclavitud en Colombia, las mujeres afrodescendientes del archipiélago siguieron enfrentando formas de discriminación y exclusión social, pero su papel en la construcción de la identidad raizal y en la lucha por los derechos de su comunidad ha sido fundamental para la historia del archipiélago.

Narrar la historia de las negritudes o de la afro-descendencia en el Caribe se hace necesario en tanto la pertinencia de la memoria y el ejercicio de reconocimiento de los dilemas y vicisitudes que fueron forzados a vivir las personas en condición de esclavitud. Es importante considerar cómo la esclavitud africana en Latinoamérica y el Caribe se consideran estadios tardíos en la evolución de esta institución. Los esclavos se constituyeron en individuos sometidos por la fuerza, sin historia ni raíces, conformaban una fuerza laboral de gran movilidad.

En el hemisferio occidental, entre 12 y 20 millones de personas africanas fueron esclavizados después de un viaje a través del océano Atlántico de 6 a 10 semanas de duración. Esta travesía, que ahora se conoce como el “Pasaje del Medio”, acabó con aproximadamente el 20% de su “cargamento de seres humanos”. (Missouri Sherman-Peter, párr.2)

No fueron pocos los habitantes africanos que hicieron parte de esta diáspora obligada por los movimientos económicos de la época y las jerarquías sociales de aquel entonces.

Se debe anotar que el destino de estos africanos esclavizados no sólo fueron países de Europa, estos fueron llevados a los confines de la tierra, como parte de ese desarrollo económico y social de la época, sin embargo, “Alrededor del 40% de las personas africanas esclavizadas se enviaban a las islas del Caribe, que, en el siglo XVII, superaban al Brasil portugués como el principal mercado para la mano de obra esclavizada” (Missouri Sherman-Peter, párr.4), lo que provoca que el Caribe sea hoy un centro importante del resarcir histórico, de la memoria de la diáspora africana y la recuperación de la identidad afrodescendiente, su cultura y costumbres.

Se debe tener presente que es el Caribe quien provee los primeros indicios para la legislación de la esclavitud y dar directivas sobre el manejo y la manutención de la mano de obra negra:

El Caribe fue, esencialmente, el lugar en el que la esclavitud tradicional adoptó su forma jurídica más extrema a través de un instrumento conocido como el código de esclavos, que fue instaurado por primera vez por los ingleses en Barbados (Missouri Sherman-Peter, párr.5).

Estas legislaciones mantenían las jerarquías institucionalizadas del tiempo en que se vivieron, sin embargo, se notaba en estas, una fuerza que mantenía la discusión sobre la humanidad fuera del radar.

Es importante introducir la discusión sobre el sistema esclavista de las personas negras en el que eran consideradas objetos, no solo los hombres, también las mujeres. Las mujeres negras eran consideradas fuerza de trabajo, esposas y amas de casa. Los estudios sobre las mujeres negras esclavas son escasos. Para Angela Davis (2022) es poco alentador encontrar siempre las mismas cuestiones sobre la “promiscuidad versus el matrimonio y sobre el sexo con hombres blancos forzoso versus voluntario” (“Mujeres, raza y clase”, p. 12). La autora asegura que se ha dedicado muy poco al estudio de la esclavitud femenina, en especial de la raza negra, en todos los continentes. El autor Roger Pita (2012) complejiza el matrimonio y la familia como instituciones “descarnadamente difíciles” debido al derecho de propiedad del amo sobre los esclavos, que restringía las aspiraciones de cualquier individuo para construir una vida afectiva.

No obstante, se puede rastrear que “las continuas discusiones en torno a su “promiscuidad sexual” o a su tendencia “matriarcal” oscurecían la condición de las mujeres negras durante la esclavitud. (Davis, p. 11) que proveen de una única mirada de estas personas y su papel en los procesos de esclavitud y posterior emancipación. A ellas nunca se les permitió considerar otras posibilidades como las de ser madres, hermanas, tías u otro papel diferente al de la fuerza laboral. Ahora, “el trabajo forzoso de las esclavas ensombrecía cualquier otro aspecto de su existencia” (Davis, p. 14) y esto opaca el intento de las mujeres afrodescendientes de la época en el camino de la emancipación, pues los esfuerzos de estas mujeres nunca fueron llamados a escena. Las mujeres que tomaron iniciativas reivindicadoras fueron puestas al margen por los diferentes contextos sociales, sin embargo, estas mujeres no buscaban solo la liberación de la esclavitud o la confirmación de humanidad en los esclavos, su lucha era mayor, nunca fue por un ámbito personal y de raza, ellas buscaban defender los derechos de las mujeres en general.

Se puede evidenciar en la historia, que las personas que fueron esclavizadas procuraron experiencias emancipadoras de todo tipo, algunas personas levantaron sus voces en el camino de la liberación y otras desde sus quehaceres cotidianos lucharon por la libertad (Builes-Vélez, A, & Mejía, D. J.P, 2021, p. 91). En el caso del Caribe insular, se sabe que los esclavos escapaban de sus islas de cautiverio para otras en las que pudieran ser libres. Las mujeres y sus labores propendían por acentuar este pensamiento de libertad en sus trabajos cotidianos, en este sentido, resalta Patiño (2014) que la obra de Hazel centra a la mujer como protagonista, testigo y narradora de eventos, ya que la mujer se vio en la tarea de reescribir la historia para insertarse en la historia oficial.

Esta forma de esclavitud es evidente en la obra Si Je Puis. I Will, If I Can (2019) pues su contexto se centra en una época de la Isla de Providencia en la cual se empiezan a liberar a los esclavos, la manumisión ya era una realidad en otros espacios del Caribe insular bajo el mismo sistema y los esclavos en la isla eran conscientes de que muy pronto les llegaría a ellos puesto que, el asunto de la libertad estaba siendo tratado de forma un tanto voluntaria a pesar de que “desde 1821 la Gran Colombia había promulgado una ley que declaraba libres al nacer a los hijos de los esclavos” (Robinson Abrahams, p. 29) y por años se había ignorado el mandato y “fue en 1853 cuando se hizo efectiva la manumisión” (Meisel, 2005, p. 16).

En la novela, a través de la información que lleva John Boy a Town (Providencia) por medio de una carta enviada desde Jamaica por su madre, Mary Carrington, anuncia la liberación de quienes fueron sus esclavos y se encontraban a cargo de Samuel Higgs. Es así como inicia la repartición de las tierras entre los manumisos, entre los que se encontraban Tante Trista y su hija, relegadas al trabajo doméstico, personajes centrales para la narración. Esta decisión se percibe entre los otros dueños de tierras y esclavos como señal de peligro pues, “haría que los otros doscientos ochenta esclavos de las otras plantaciones iniciaran el mismo reclamo” (Robinson, p. 29).

Teniendo en cuenta el nuevo estado de mujeres libres y dueñas de la casa, John Boy le debe recordar a Tante Trista de que ya no es su amo, que esa es su casa y no de los Carrington. Esto se hace evidente en la narración cuando al momento de sentarse a la mesa a comer; John Boy, al ver sólo un plato y descubrir que la mesa estaba lista sólo para él le recuerda “Tante Trista, I am not your master anymore. I will sit at the table when I see places for three” (p. 36), a lo que sin mucho agrado el narrador enfatiza que Trista “procedió a obedecer” (p. 36). Este comportamiento sugiere una dificultad de reconocerse como sujeto de derechos además de la incredulidad frente al merecimiento o realidad de libertad puesto que a la mínima intención les valía un castigo o la muerte. Lo que es muy distinto de la actitud de su hija Filipia, quien inmediatamente “se sentó como si estuviera acostumbrada a ello” (p. 36) y además realizó la bendición de los alimentos.

Si bien Tante se sintió condicionada por la instrucción del pastor Jacob de prestar sus servicios domésticos “para sacudir, barrer, destapar los pocos muebles, arreglar camas y buscar leña para cocinar” (Robinson, p. 35); su voluntad también se ve forzada por la costumbre de haber vivido por muchos años como esclava. De igual forma, al ser libre debe trabajar en el servicio doméstico, al menos así continúa con la advertencia realizada a Filipia de que guardaran muy bien el papel donde se les concede la libertad puesto que, para otros amos de plantaciones cercanas en Providencia y en San Andrés las cosas serían muy distintas, por lo que no era recomendable salir de allí, al menos no inmediatamente. En Tante es una libertad deseada y realizable a partir de lo que puede representar una carta, aunque desconozca su significado.

En Copra (2020) se puede diferenciar la forma la esclavitud femenina en relación con la anterior puesto que pareciera condensar los dos sentidos, es decir el de estar sujetada a realizar algo y el de merecer la libertad. En esta obra la esclavitud se podría asociar con aquella persona que está “bajo algún tipo de sujeción temporal o religiosa por parte de un abuelo, un soberano, un protector” (Meillassoux, p. 11) y lo cual conforma un resurgimiento de la esclavitud de algunos de trabajos en situaciones análogas. Este es un fenómeno reconocido por el Consejo de Derechos Humanos de la ONU en su resolución 23/4 de 2013, este rebrote debe “agrupar bajo el término esclavitud a las diversas facetas de explotación de menores, a las variadas formas de explotación laboral” (Espaliú, p. 3) a causa de procesos como la globalización en los que se necesitan grandes cadenas y volúmenes de producción como lo es el caso de la copra en la que Jazmín participa.

La protagonista de Copra (2020) se encuentra en esta sujeción al quedar bajo la custodia de su tía abuela. En esta nueva relación tiene limitadas sus funciones diarias como un precio justo por pagar su estadía:

Y así era la semana de Jazmín: los lunes lavaba ropa y pelaba cocos, los martes almidonaba ropa y pelaba cocos, los miércoles pelaba cocos y planchaba, los jueves pelaba cocos y tomaba clases de costura y los viernes pelaba cocos y recibía a Mr. Jackson para la clase de órgano. Los sábados barría, trapeaba y, además, aceitaba arrodillada los dos pisos de la casa, y los domingos tenía que asistir a las tres actividades de la iglesia. (Robinson, p. 35)

La obra no hace mención específica sobre algún tipo de violencia o castigo por muestras de desobediencia o en caso de infracción en contra de los dueños de la casa. No obstante, se hace referencia a la sujeción bajo la autoridad de la tía abuela al destacarse que esta última: “hablaba constantemente de los castigos que recibió cuando se enamoró de mi tío abuelo, y los que antiguamente se daban a los esclavos que decidían huir” (Robinson, p. 99), consecuencia de esto, Jazmín actúa de manera dócil y servil.

Si bien el trabajo y las funciones domésticas de Jazmín no están regladas por términos relacionados con la esclavitud, es coherente con la coerción pues “hace referencia a la presión ejercida sobre alguien para forzar su voluntad o su conducta” (Zoghbi y Verano, p. 74) en el que se enfatiza el castigo sin que lo haya sufrido alguna vez. Se ve la forma de su comportamiento amenazado por las posibles consecuencias bajo las cuales buscan controlarla sin necesidad de que siquiera haya visto a algunos de sus protectores en plena ejecución de algún castigo físico como pudo ser el caso de Tante Trista, en la novela Si Je Puis, que se sabía esclava, hija y nieta de esclavos.

Por medio de la voz de Jazmín es posible reconocer su rol de esclava en esa otra forma distinta del comercio del que hubieran sido víctimas sus antepasados y que ella no es consciente de ello. La protagonista llega a pensar que es normal que las jóvenes de su edad tengan que trabajar tanto o más que ella al afirmar que “todas estaban condenadas a lo mismo” (Robinson, p. 38), además desde muy temprana edad supo que debía ganarse la vida para pagar a quienes se harían responsables de ella a pesar de su filiación. Este estado de sometimiento a un trabajo esclavizado sujeto a una rutina rígidamente establecida por quien debía ser su protectora es naturalizado por una forma de vida que fue enseñada a muy temprana edad y que ella entendió como la manera justa e “inherente a este estado de cosas «normal»” (Zizek, p. 10).

Estas formas de esclavitud naturalizadas por familiares también pueden ser camufladas por buenas intenciones de prospección al futuro o con un desarrollo de habilidades mediante el cual pareciera que se quiere el libre desarrollo de la persona del otro esclavizado. En algunos pasajes de la novela Copra (2020) y vinculados a otras formas de lo femenino por fuera del trabajo doméstico, se da a entender que la tía abuela de Jazmín está muy interesada en que aprenda a tejer y que logre un óptimo nivel con un instrumento musical. Incluso, llega a expresar un cierto orgullo frente al hecho de que la joven se desempeñe mucho mejor que ella tocando el órgano “estaba muy complacida con los adelantos de Jazmín, no por la niña, sino por ella misma; anhelaba poder ofrecerla como pianista de la iglesia, algo que ella había soñado hacer.” (Robinson, p. 35).

Esta naturalización de una nueva esclavitud se logra por aparentes muestras de cariño al pretender realizar en la joven lo que sus padres hubieran querido con ella, casi como si la reconociera dentro de su estructura familiar. Sin embargo, puede estar relacionada con la condescendencia hacia el esclavo presente en la actitud de algunos plantadores de las islas del Caribe, y evidenciada en Si je puis (2019) como “hay que prepararlos, pues no sabían lo que era vivir en libertad” (Robinson, p. 21). En el caso de Copra (2020) es como si la tía abuela recogiera esa herencia de no saber el tratamiento del otro por fuera de la esclavitud.

A pesar de que toma un sentido más cálido de familia materna cuando Jazmín sale del yugo de los Thyme (como conocían a la familia de la tía abuela) y decide irse con sus otros familiares para mejorar su condición, resulta en lo que podría pensarse como peores condiciones. Como lo atestigua el narrador al contarnos cómo la ve mientras trabaja en el almacén de estos últimos, “entre las rejillas del cubículo, parecía encarcelada, lo que en realidad era cierto; la habían sacado de la cárcel de su tía abuela, a la de su tía política” (Robinson, p. 104).

Dinámicas de Dominación y Espacios de Resistencia Creados por Mujeres Negras

Los espacios de resistencia se construyen en relación con las diferentes formas de dominación, lo que lleva a un entramado de microresistencias, tal como lo define Paula Boniolo (2015) en su tesis doctoral:

La dominación será definida como una forma de disciplinamiento que se realiza a través de una dominación material, simbólica e ideológica. La dominación difícilmente es total, porque en su ejercicio aparecen grietas, espacios que dejan lugar al despliegue de estrategias de microresistencias por parte de los subordinados que serán expresadas en discursos, gestos y prácticas, visibles u ocultas para aquellos que ocupan posiciones de autoridad en la vida cotidiana. (p. 3)

En las dos novelas a partir de los hechos cotidianos se configuran modos de oposición en ámbitos cotidianos y personales, si bien hay una aceptación del modo de vida de las mujeres jóvenes protagonistas, también hay un anhelo de cambio constante como se percibe a continuación: “Se levantó de la cama, sin muestras de flojera y sin cansancio, lista para enfrentar el día, aceptando que este era su destino” (Robinson, p. 23). Destino que oprime el corazón de Jazmín, pero que no opaca una esperanza de un futuro diferente: “Subir Masami Hill con el cansancio que tenía, siempre la entristecía, pero contando sus pasos pensaba que algún día haría la última subida” (Robinson, p. 31) y es que ni siquiera la extenuante rutina de este personaje doblega el sueño de otra vida posible.

Los agobiantes hábitos diarios de Jazmín, levantarse a las cinco de la mañana, acomodar la leña, prender la estufa de querosene, preparar el desayuno a sus tíos abuelos, trabajar desde las siete de la mañana en la copra, recorrer el mismo camino bajo el calor inclemente del sol para hacer el almuerzo y de nuevo regresar a pelar cocos a las cuatro de la tarde para así, tomar sus clases de costura o simplemente reemprender múltiples labores de aseo en su hogar, hay una conciencia de escenarios de dominación desde el entorno familiar que se ha transmitido a nivel generacional: “Tenía la impresión de que su tía abuela trataba de que le pagara, de forma exagerada, no solo su estadía con ellos, sino también por atreverse a existir” (Robinson, p. 38). Es así que el ámbito familiar de Jazmín se presenta como una cárcel de trabajo ininterrumpido con ninguna perspectiva de un futuro diferente más que el de casarse y vivir bajo lineamientos religiosos como lo muestra la siguiente cita: “Mi tía dice que tengo suficiente estudio porque ya puedo leer la biblia, sé cocinar. Miss Anneta me está enseñando a bordar, a coser, y seguramente me casaré” (Robinson, p. 67).

En este sentido, a pesar de tener un destino signado que se ha transmitido a través de las costumbres, ordenanzas familiares y culturales, el personaje de Jazmín asume la posibilidad de la fuga de esa cotidianidad como una forma personal de resistencia: “De haber vivido años felices, no pensaría en irme, uno no da las gracias por maltrato” (Robinson, p. 90). Aunque las circunstancias no se presentan así y termina imbricada en otros escenarios de dominación, como lo es el trabajo en la tienda de víveres, sí se presenta una toma de conciencia del personaje, incluso desde la mirada de los otros.

Por otro lado, los espacios de resistencia también se construyen desde la oralidad y las costumbres que constituyen un acervo de memoria que pasa de generación en generación, en la obra Si Je Puis. I will, if I can (2019) desde el exordio histórico, se habla de una tradición oral que transmitía diversos cuentos veraces. Esta tradición oral está inmersa en las diversas costumbres de los habitantes de la isla, y hacen parte de la memoria como es el caso de los ritos funerarios:

Solo hasta la noche, tendrían tiempo para cantar y bailar al muerto. Hasta no hacerlo el difunto no encontraría el camino. El pastor hizo su parte, pero ellos sabían que Calla no descansaría en paz hasta que sus compañeros le hicieran el set up (velorio) la ceremonia de nueve días que se acostumbraba y en la que compartían comida, licor, cuentos, chismes y bailes (Robinson, p. 21).

Otro punto de la novela Si je Puis. I Will, If I Can (2019), es el hecho de que el personaje femenino principal toma decisiones en el ámbito estrictamente personal, centrado en su cuerpo y su sexualidad, como lo expresa Filipia:

Pensaba: era su cuerpo y su voluntad. Lo había hecho no solamente para pagar una deuda, sino para satisfacer una atracción que no había sentido antes por ningún otro, y sospechaba que sería una satisfacción desconocida como en realidad lo fue (Robinson, p. 47).

El territorio del cuerpo es el territorio absoluto de la libertad y la resistencia que se configura a nivel íntimo, individual y profundo: “hasta en sus bailes sus cuerpos expresaban movimientos sensuales pero tristes, nunca se demostraba un sentimiento que invitara a compartir” (Robinson, p. 42). La tristeza, el amor y el erotismo no requieren de la aprobación de otro o de la afirmación de un tercero, Filipia lo vive en la plenitud y extensión de su ser, tal como lo expresa Ssimbwa Lawrence (2011), “Aunque el cuerpo de las mujeres negras esclavas fuera apropiado, regulado y controlado para el uso y goce del amo y para el provecho de los otros, éste fue convertido por sus dueñas en elemento de resistencia, de ejercicio de poder y de autonomía”(p. 27).

Es pues el cuerpo un espacio íntimo que se levanta como trinchera de resistencia contra la esclavitud:

Sus facciones las heredó Filipia, quien vivía indiferente a todos los halagos de los hombres de su raza, confiada en que la libertad vendría y entonces ella escogería con quien se uniría, a quién le permitiría tocar su cuerpo. Alegaba que el sentimiento de amor que ella poseía y era capaz de dar no lo entregaría para que fuera esclavizado (Robinson, p. 27).

Se relaciona el sentimiento del amor con la libertad, hay una autodeterminación en la toma de decisiones en lo concerniente al deseo en la esfera personal, es allí donde a nivel íntimo, se crean formas de resistencia que se contraponen a lo que se acepta tácitamente en el escenario de las costumbres, Filipia vive libremente el deseo, sin culpas, sin remordimientos: “Sin que él se percatara Filipia lo miró sin recato de pies a cabeza, de la misma forma que los amos lo harían si estuviera en venta” (Robinson, p. 28). Las relaciones corporales que establece Filipia también siguen esta lógica, se observa con detenimiento el cuerpo masculino, se analiza, se disfruta y se percibe con los sentidos, se vive el placer sin ningún tipo de aprehensión. En este sentido, a pesar de las consideraciones generales de Tante Trista acerca de la forma de relacionamiento con los hombres, cuando aconseja la dedicación servil, a pesar de ser mujeres liberadas, Filipia impone su voluntad y su albedrío para actuar según sus gustos y deseos más profundos.

Reflexiones finales

Este artículo se pregunta por la esclavitud de la mujer negra y la forma de resistencia de las mujeres en el Archipiélago de San Andrés, Providencia y Santa Catalina a través de las novelas de Robinson Abrahams, Si Je Puis. I Will If I can (2019) y Copra (2020). Estas novelas exhiben los límites y las contradicciones propias de un discurso de crisis, que oscila entre el reconocimiento del otro y de uno mismo, las prácticas de dominación de la mujer en el archipiélago que perpetúan los modelos de jerarquización social que se mantienen y se manifiestan en nuevas formas de trabajo forzoso femenino en las islas, en particular, en relación con el turismo desmedido que se vive en estas. Robinson Abrahams, a diferencia de varios escritores del Caribe, se desprende del enfoque eurocéntrico y explora las diversas manifestaciones socioculturales del pueblo Raizal como formas de resistencia para que sus novelas sirvan de plataforma para difundir la cultura y conocimiento del pueblo Raizal.

En las obras de Robinson Abrahams, la esclavitud femenina se refleja a través de la memoria colectiva, la resistencia cultural y las secuelas del colonialismo en la identidad afrocaribeña. Sus novelas no se centran en la esclavitud, pero exploran sus consecuencias en la vida de las comunidades afrodescendientes en el Archipiélago. La autora muestra cómo el pasado esclavista sigue afectando a las generaciones afrocaribeñas en las islas. A través de la historia oral y las experiencias de sus personajes, sus obras evocan la opresión, el racismo estructural y las luchas de los descendientes de esclavizados para mantener su cultura, idioma y tradiciones.

Se puede decir que los dos personajes principales de las novelas en cuestión, Filipia y Jazmín, construyen espacios alternativos de resistencia en el entorno personal e íntimo ante las dinámicas de dominación existentes. Los personajes tejen sus vidas bajo un engranaje político, económico y social que no impide la ejecución de pequeñas libertades en dimensiones profundas del ser. En el ejercicio del poder y las subsecuentes dinámicas de dominación aparecen grietas y fisuras que se manifiestan en pequeños actos íntimos y cotidianos de los personajes; la toma de conciencia, el deseo de cambio, la autonomía en lo referente al cuerpo y su sexualidad configuran el espacio del cuerpo como territorio absoluto de la libertad y la resistencia.

A través del cuerpo de las protagonistas se trasmite una apuesta reivindicatoria, ya que en el mapa cultural caribeño, y colombiano, las mujeres se destacan como portadoras de saberes, prácticas y resistencias, toman la voz de toda la cultura afrocaribeña presentándose como una fuerza que convoca a la construcción de nuevas hegemonías, nuevas resistencias y que disipa autoridades, no solo del colono, sino también, del hombre y de algunas mujeres que no logran desprenderse de las dominaciones a las que han sido impuestas por siglos.

Las mujeres afrocaribeñas en sus relatos no solo enfrentan el legado del racismo, también el machismo y la explotación. Se destacan aspectos como el trabajo forzado y la servidumbre, aunque la esclavitud fue abolida, la subordinación de las mujeres negras continuó en forma de trabajo doméstico mal pagado o explotación laboral. Robinson Abrahams sugiere que las mujeres negras han sido vistas como objetos de control, y como agentes de cambio dentro de sus comunidades y sus cuerpos como territorio de opresión y resistencia, las protagonistas en sus novelas suelen ser mujeres fuertes que enfrentan adversidades, luchan contra la marginación social. Estos personajes reflejan la resiliencia de las mujeres afrodescendientes, quienes desempeñan un papel central en la preservación de la cultura y la historia de su comunidad.

Ambas obras exploran la historia, cultura y desafíos de la comunidad afrocaribeña del Archipiélago de San Andrés, Providencia y Santa Catalina, siguiendo la línea de sus textos anteriores, Robinson Abrahams se enfoca en la vida de los afrodescendientes en Bottom House resaltando su resiliencia, su conexión con el idioma inglés criollo y la influencia de la migración caribeña. Si Je Puis. I Will If I Can (2019) presenta un relato de determinación y lucha, lo que refuerza el tema de la supervivencia y la resistencia de los afrodescendientes en un entorno históricamente adverso. Copra (2020) ahonda en la relación de los personajes con la naturaleza y la economía local, refleja el impacto del comercio y la agricultura en la identidad del archipiélago.

Conflictos de interés

Los autores declaran que no tienen intereses en competencia.

Language: Spanish
Page range: 96 - 106
Submitted on: Jan 13, 2024
Accepted on: Jun 5, 2025
Published on: Oct 14, 2025
Published by: Stockholm University Press
In partnership with: Paradigm Publishing Services

© 2025 Ana Elena Builes Vélez, Carolina Barragán Ardila, Danny Jean Paul Mejía Holguín, Ana Maria Otalvaro Castro, published by Stockholm University Press
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