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"Alberto Methol Ferré, entre la teología, la historia y la geopolítica". Cover

"Alberto Methol Ferré, entre la teología, la historia y la geopolítica".

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|Feb 2025

Full Article

La labor de Alberto Methol Ferré (Montevideo, 1929–2009) se caracterizó por un esfuerzo persistente de análisis e interpretación, política e histórica, que, partiendo de su propio país, Uruguay, se proyectó luego hacia América Latina y el mundo. Su perfil intelectual sigue siendo motivo de discusión. Luego de abandonar la carrera de Derecho en la Universidad de la República, se consagró a una formación autodidacta multidisciplinaria. Sus análisis geopolíticos se cruzan continuamente, por ello, con otras disciplinas. Su labor como asesor político en Uruguay a lo largo de varias décadas, su participación como experto laico en el Consejo Episcopal Latinoamericano (CELAM) durante más de veinte años, y su ejercicio en el periodismo de análisis durante largos períodos contribuyeron a formar su pensamiento.

1. Contexto y fuentes en la formación inicial de su pensamiento geopolítico

El interés de Methol por la política internacional y la geopolítica comenzó en su adolescencia, a mediados de la década de 1940, en el contexto de los primeros años de la segunda posguerra. ‘En ese instante, se inicia mi vida política’ fue el modo en que definió Methol su asistencia, en junio de 1944, a la interpelación que el senador Eduardo Víctor Haedo, célebre orador, hizo a los ministros de Relaciones Exteriores y de Defensa del Uruguay, por la instalación de una base aeronaval estadounidense (la iniciativa fracasó merced a esa interpelación). ‘Mi primera pasión política fue la lucha de Luis Alberto de Herrera1 contra el intento de implantar bases norteamericanas en el Uruguay’ (Methol 2007: 25). Tenía 15 años.

Este origen fue reiteradamente indicado por él mismo y ha sido considerado en diversos artículos. Pero nos parece necesario tener presente de modo particular su consistente identificación con la tercera posición internacional,2 frente al mundo bipolar emergente esos años. No solo por la importancia que tuvo en la conformación de su pensamiento, sino porque a ella se refieren sus primeras expresiones públicas en materia de política internacional (Manifiesto 1947, Methol 1952 y 1955). En los términos en que lo expresaría treinta años después: ‘Nosotros somos terceros con relación a la diarquía. No somos ni queremos ser de Washington o Moscú, acatar la diarquía. Retomamos el ‘Ni Washington ni Moscú’ que resonó ante todo en América Latina desde 1947, cuando comenzó la guerra fría de los antes aliados’ (Methol 1984: 7).

1.1 Herrera y Perón

Por eso no es extraño que dos terceristas fueran parte de su cuna intelectual; políticos intelectuales ambos -tipo humano sobre el que argumentó Methol en más de una ocasión-: Luis Alberto de Herrera y Juan Domingo Perón. ‘La primera obra que me impacta, muy jovencito, todavía en el Liceo, es Los orígenes de la Guerra Grande de Herrera, libro que condena la intervención anglo-francesa [1845–1850] en Uruguay’ (Methol 1992: 35). Y de La revolución francesa y Sudamérica (1910) y El Uruguay internacional (1912) preparó una antología, partiendo de su convicción de que ambas obras son las que ‘resumen con mayor aproximación las grandes líneas del enfoque de Herrera’ (Methol 1961: 14).

Por otra parte, sostenía que

Perón perteneció a la rara y tan necesaria estirpe de políticos intelectuales y fue plenamente consciente del proceso histórico en que su país estaba inserto. Los políticos intelectuales son fruto, y a la vez respuesta, a tiempos históricos de grandes cambios. Pues de lo contrario, en tiempos normales, alcanza con el compartir los supuestos más convencionales del statu quo. Sólo cuando se vuelve necesario replantear todo radicalmente, y el saber convencional se ha vuelto ceguera y obstáculo, es que vienen los políticos intelectuales, que pueden tener los más diversos y opuestos signos. (Methol 2000a: 7)

Y más allá de su amplia lectura de Perón, el discurso ante los oficiales cursantes de la Escuela Superior de Guerra de Argentina, el 11 de noviembre de 1953 (Ídem: 7–26), significó un hito en su formación intelectual. El discurso explica los lineamientos de la política exterior del gobierno de Perón, poniendo el foco en su intento de establecer una alianza estratégica con el Brasil; un asunto que Methol definió como ‘uno de los temas esenciales, si no el esencial, de mi vida intelectual y personal’ (Ídem: 27). Se refirió muchas veces al impacto que tuvo esta lectura, al punto de afirmar que ‘definió todas mis perspectivas político-intelectuales’ (Ídem: 27), y que ‘determinó toda mi percepción política durante 50 años. Le debo a Perón, en cierto sentido, una larga expectativa que me ha durado 50 años, hasta toparme con el Mercosur’ (Methol 2003).3

1.2 Conversión y Nueva Teología

El impacto de su conversión al catolicismo, entre 1947 y 1948, y su lectura concienzuda de la nueva teología católica4, que inicia en 1950 (Restán 2010: 62–63), marcaron su perfil intelectual y buena parte de la que será posteriormente su vida activa. Son evidencias de ello su interés, estudio y compromiso con el Concilio Ecuménico Vaticano II; su participación en la producción teológica latinoamericana -dentro de la teología de la cultura, en el marco de la llamada teología del pueblo, y aún en el más amplio contexto de las teologías de la liberación- incluido su protagonismo en los debates teológicos de esos años (ver Methol 1979a); sus dos décadas de colaboración con el CELAM; su participación en la creación y dirección de la revista católica Víspera (1967–1975), la creación y dirección de la revista católica latinoamericana Nexo (1983–1989), y su muy destacado rol como experto en la III Conferencia General del Episcopado Latinoamericano celebrada en México, en 1979. La importancia de la revista Nexo en los debates eclesiales latinoamericanos, la red de intelectuales en que se apoyó, desde México al Río de la Plata, y un análisis de sus principales contenidos y enfoques, incluyendo la lectura geopolítica de América Latina, se encuentra en Restán (2010).

Methol ha dejado numerosas observaciones sobre los autores cuya lectura acompañó su conversión, entre ellos Miguel de Unamuno y Gilbert K. Chesterton. Aquí nos interesa solamente señalar su valoración de la producción teológica contemporánea con su conversión:

Desde 1945 se inicia la más gigantesca transformación de las teologías católicas que éstas hayan experimentado. Solo equiparable al período de la Patrística… o a la ‘revolución’ escolástica de los siglos XII y XIII… Desde los años 20 y 30 comienzan las señales de los nuevos caminos, pero luego del 45 se entra ya en ebullición general, que tendría su primera gran manifestación en el conjunto de la Iglesia, en el Vaticano II. (Methol 1989: 35)

La idea de que veinte siglos de teología católica tuvieron tres momentos culminantes, y poner a la Nueva Teología en parangón con los otros dos, la Patrística y la Escolástica, proporciona una medida del impacto, intelectual y existencial, que su estudio tuvo en el joven Methol. No menos interesante es su interpretación geopolítica de la evolución eclesial:

La teología católica tradicional se conmueve, los vientos de la historia la atraviesan por doquier. En 1945 se consuma un gran giro histórico: Europa deja de ser el centro metropolitano mundial y la Ecúmene se divide en dos grandes polos hegemónicos, Estados Unidos y la Unión Soviética. Los imperios coloniales inician su vertiginosa disgregación, y es el nacimiento del Tercer Mundo apenas una década después. Pío XII acentúa una política eclesial de universalización, es decir, de ‘deseuropeización’ de la Iglesia. (Ídem: 35).

‘Europa Occidental comenzaba a dejar de ser el centro eclesial del mundo’, pero el desafío era ‘lograr que las periferias se fueran volviendo centros: gestar una multipolaridad eclesial mundial unificada en Roma’. (Methol 1987: 4). Ése es el proceso en el que inscribe su propia acción, como laico católico: el proceso por el cual la Iglesia latinoamericana deja de ser, en una idea que tomó del teólogo brasileño Henrique de Lima Vaz, sólo ‘reflejo’, para pasar a ser ‘fuente’.

Habría que agregar, para precisar más el por qué su conversión y su rol de laico activo en la Iglesia latinoamericana incidieron en su pensamiento geopolítico, dos cuestiones. Una, la confluencia de la Iglesia con la integración regional, y otra la participación de la Iglesia en los debates que, a través del ensayo y la literatura, en especial la nueva narrativa, se produce en torno a la identidad cultural latinoamericana durante el siglo XX.

Un rasgo de la geopolítica en América Latina es expresarse, en muchos autores y programas, como geopolítica de la integración; enseguida volveremos sobre ello. Y la Iglesia vivió, ella misma, un proceso de “latinoamericanización”, del que Methol fue parte activa, desde los años inmediatamente posteriores al Concilio hasta su muerte. De hecho, su último libro, La América Latina del siglo XXI, fue pensado y escrito como un insumo para la V Conferencia General del CELAM realizada en Aparecida, Brasil, en 2007.

Más allá de algunos antecedentes, este proceso se inició en la Conferencia General del Episcopado Latinoamericano de Rio de Janeiro, en 1954, con la creación del CELAM, como organismo de coordinación de las iglesias de todo el continente. Nació, por tanto, seis años antes del Tratado de Montevideo, suscripto en 1960, del que surgió la Alianza Latinoamericana de Libre Comercio, primer organismo de integración económica regional. El CELAM además generó una ‘capitalidad’ regional, al establecerse en Bogotá, ciudad elegida justamente por su carácter relativamente equidistante de los extremos norte y sur del continente.

Methol adjudicó gran importancia a la historia del CELAM, y a las conferencias episcopales ordinarias y extraordinarias, que fueron creando una autoconciencia latinoamericana en la Iglesia de la región. Y fue tal vez quien más colaboró al desarrollo de esa autoconciencia, a través de sus escritos -participó en la elaboración de una historia del CELAM- y de su labor como experto en Bogotá, y en múltiples y diversos encuentros en toda América Latina. Haciéndolo, además, sin pertenecer a ninguna congregación o movimiento de la Iglesia: ‘Actué muchos años en el Departamento de Laicos del CELAM, recorriendo América Latina, vinculado a los más diferentes movimientos laicos en todo el continente. Y eso quizás hizo que fuera un laico de la Iglesia en su conjunto, nunca tuve vínculos con un solo movimiento’ (Methol 1999b: 73).

Este proceso de ‘latinoamericanización’ de la Iglesia, y los modos en que interactuó con los distintos procesos y dimensiones de la integración latinoamericana, ha llevado a considerar a la Iglesia y a sus instituciones como un actor relevante de la resiliencia del regionalismo latinoamericano (Podetti 2021a).

Desde la perspectiva de la identidad cultural, Methol fue un partícipe destacado del desarrollo de la teología de la cultura (Labarga 2002: 415–416), que alcanza su mayor expresión en el Documento Conclusivo de la III Conferencia General del Episcopado en México, en 1979, en cuyas ideas fundamentales tuvo una importante contribución. Allí se destaca la necesidad de inculturación de la Iglesia en todos los pueblos y culturas como condición del cumplimiento de su labor de difusión del Evangelio. Se reúnen entonces ambas perspectivas, porque si la regionalización eclesiástica requiere una autoconciencia histórica renovada, el reconocimiento de una matriz cultural común es a su vez un instrumento que contribuye y fortalece esa autoconciencia. ‘En Puebla –desde el ángulo de la Iglesia– se retomó una perspectiva histórico–cultural de América Latina’ (Methol 1988: 49). Esa perspectiva fue la de la generación del 900, y en especial la de José Enrique Rodó y el arielismo, que ‘fueron la primera forma de una consciencia histórica latinoamericana y de una autoconsciencia cultural nuestra en el siglo XX… Y justamente Puebla es la recuperación de esa gran tradición intelectual latinoamericana (en buena parte no católica), desde la dinámica de la Iglesia’ (Ídem: 49). El arielismo fue una corriente de ideas inspirada en el libro Ariel, de José Enrique Rodó, que tuvo una posición hegemónica en la segunda y tercera década del siglo XX en toda Hispanoamérica (Podetti 2021b: 387–405)

Esta condición de partícipe directo, durante más de veinte años, del proceso de construcción y consolidación del CELAM, dejó sus huellas en el desarrollo de su pensamiento. Es decir, teórica y prácticamente, fe y teología fueron parte de su trascender al Uruguay para sentir y pensar, regional y globalmente. No es por ello una casualidad que sus esfuerzos en el campo geopolítico se desplegaran de modo sustantivo durante su permanencia como colaborador del CELAM, entre 1975 y 1992, donde integró el Equipo de Reflexión Teológico Pastoral y fue asesor de la Secretaría General y Secretario del Departamento de Laicos. Justificó entonces el hecho al reivindicar para la geopolítica la capacidad de integrar la doble dimensión espacial y temporal en la comprensión de una realidad; y la comprensión en profundidad de América Latina era una condición necesaria para elaborar orientaciones pastorales para el laicado católico. Y de hecho, una de las fuentes principales del pensamiento geopolítico de Methol es la segunda época de Nexo, elaborada y asumida como una revista católica. Si la acción teológico-pastoral de Methol, cuyo epicentro fue la III Conferencia General del Episcopado Latinoamericano, junto con otros expertos latinoamericanos como Lucio Gera, Gerardo Farrell, Pedro Morandé, Joaquín Alliende o Luis Meyer, puede considerarse como una teología de la cultura (Podetti 2019: 260–262), tal vez pueda decirse también que su geopolítica fue una geopolítica de la cultura.

Methol se convirtió en uno de los promotores de un enfoque histórico-cultural para pensar el papel de la Iglesia, pueblo de Dios, en el devenir latinoamericano. Formó parte del pequeño grupo que se reunió en Buenos Aires en 1977, en el que fuera el encuentro más importante de preparación de la III Conferencia del episcopado latinoamericano, donde estuvieron presentes las cabezas de las dos grandes orientaciones teológicas que se habían ido configurando después de Medellín: por un lado, el peruano Gustavo Gutiérrez, impulsor de la teología de la liberación, y por otro, el argentino Lucio Gera, el teólogo más reconocido de la pastoral popular argentina que dio lugar a la teología del pueblo. Methol entendió que esa elección de participantes, que reunía las dos «tendencias» más importantes de la Iglesia latinoamericana de aquel momento, mostraba lo que era, en el fondo, el sentido último de la convocatoria de Puebla: «evitar que las tendencias giren sobre sí mismas, infecundas y destructoras», poniéndolas en comunicación profunda: «las obliga a dialogar, a reconocerse, mal que les pese» (Methol 1979a: 14). Para Methol, en la conferencia de Puebla se manifestó una positiva «lógica de oposiciones», cuyos términos no se niegan el uno al otro, sino que se necesitan mutuamente para profundizarse. Ese fue el modo en que entendió la controversia teológica que se verificó en el camino hacia Puebla a pesar de otras interpretaciones de los acontecimientos en sentido contrario (Boff, C. 1978; Comblin, J. 1978). La posición de fondo de Methol Ferré fue siempre de integración y suma de ambas tendencias, consciente de que representaban un gran paso adelante en la “latinoamericanización” de la Iglesia (Methol 2006: 72–78) y que en ellas, en el diálogo entre ambas, residía la mayor aportación histórica que hacía América Latina a la conciencia del papel de la Iglesia en el mundo contemporáneo (Restán 2021).

En definitiva, su conversión y su experiencia eclesial fueron parte relevante del camino hacia un pensamiento global. En los términos en que lo explicaría él mismo:

Eso hizo que a través de mi vinculación íntima con el pueblo cristiano, católico, visible en la historia, adquiriera una perspectiva universal y continental, no abstracta sino concreta. Eso me permitió trascender la aldea uruguaya, pero de modo concreto y no de modo cosmopolita abstracto, no solo de modo ideológico, sino por una experiencia real de un pueblo también real, que con sus dos mil años de historia me enseñó a tener una perspectiva de los procesos mundiales. (Methol 1999a: 4)

1.3 Pensar Uruguay

Methol empieza a dar señales sobre lo que siente como una honda crisis del Uruguay en 1953:

Todos pueden percibir cómo nuestro cuerpo social ha comenzado a rigidizarse, como se expande una aversión al diálogo y un fanatismo, hasta ahora latente, comienza a asomar por doquier… cada vez más se ahonda la escisión entre la realidad y las normatividades que nos rigen. (Methol 1953: 10)

Se trata de algo que se le impone como asunto: ‘Cada día se hace más urgente la reflexión sobre nuestros destinos. Que la crisis nos agarre por lo menos con el consuelo de la lucidez’ (Methol 1957: 2). ‘Desde 1952 el país entra en la pendiente… Y la exigencia de replantear todo nuevamente se hace cada vez más imperativa, una tarea ineludible’ (Methol 1958a: 6). El triunfo electoral del Partido Nacional en 1958 no cambia las cosas, aunque Methol lo celebre como el fin de un ciclo; porque instala ‘la incertidumbre de lo que se viene, es el momento propicio para repensar todas las cosas’ (Methol 1958b: 6):

Desde 1952, de manera paulatina, cansada, una crisis profunda ha comenzado a problematizar todas nuestras añejas seguridades. Una discordia apagada cala a fondo en la estructura misma del país, y nos pone a todos en tren de replantear la situación desde su raíz… Pertenecemos a una generación que vive al Uruguay mismo como problema. (Methol 1958c: 137)

La misma frase se repite en su primer libro, La crisis del Uruguay y el Imperio Británico, al año siguiente, agregando: es una generación que ha sido compelida a preguntarse radicalmente ‘¿Qué somos y qué nos ocurre como comunidad histórica?’ (Methol 1959a: 8).

La idea que ha ordenado sus inquietudes y publicaciones durante más de una década termina en el título de la obra que toda la literatura existente sobre Methol señala como clave de su trayectoria intelectual, El Uruguay como problema, aparecido en 1967.5 El eje de sus reflexiones será tomar a la Cuenca del Plata como una clave geopolítica, que como se ha señalado, proviene de su ‘herrerismo intelectual’ (Caetano 2017: VIII). La idea estaba ya presente en la primera revista Nexo (1955–1958), cuyo propósito era repensar al país como articulador, junto con Paraguay y Bolivia, de los dos Estados mayores de la cuenca, Argentina y Brasil. Y en la dedicatoria de El Uruguay como problema declara que, en el origen de ese libro, en 1957, estaba la idea de elaborar un libro de ‘geopolítica rioplatense’.

De este modo, el imperativo de repensar el Uruguay se resuelve finalmente con una respuesta desde la geopolítica. Pero la interrogación por el Uruguay ha sido camino para la interrogación sobre el Estado-nación en general, ejercicio que va a realizar en diversos textos pero que culmina en Los Estados Continentales y el Mercosur (Methol 2013), aunque varias veces anticipada. En 1959, al proponer una reflexión sobre el pensador mexicano José Vasconcelos y el artista uruguayo Joaquín Torres García, sostenía:

El Uruguay no es una Nación sino solo un Estado. El área nacional es Latinoamérica, y el Uruguay solo una de sus partes; o mejor, una de sus patrias. Uno de los tantos Estados en que se pulveriza y escinde la nación latinoamericana. Es esta una idea tan clara y distinta que sorprende las confusiones tramposas de que normalmente somos víctimas. (Methol 1964 [1959]: 637).

Hay un cuarto elemento que marca los años de su formación intelectual. En un pensador autodidacta sus lecturas son fundamentales para entender las formas que va adquiriendo su pensamiento. Estos años, de 1948 a 1958, y de modo análogo a lo anteriormente referido con relación a la Nueva Teología, Methol será un ávido lector de filosofía y teoría de la historia, de antropología, y naturalmente de geopolítica.

2. Contenidos de su geopolítica

Los contenidos principales de su geopolítica pueden ordenarse bajo dos aspectos principales: las condiciones de viabilidad de los Estados y la relación de los Estados y los grandes círculos culturales.

2.1 Condiciones de viabilidad de los Estados

Hemos visto ya cómo el análisis del Uruguay lo lleva a sostener, en la región latinoamericana, la necesidad de distinguir entre ‘Estado y ‘nación’. Pero la cuestión fue llevada más allá, con la pretensión de formular una tipología y elaborar una versión sintética de la historia del Estado en la modernidad.

El punto de partida del razonamiento de Methol en esta cuestión es la equivocidad del término ‘Estado’, como se evidencia en un simple enunciado del tipo ‘la ONU tiene actualmente 193 Estados asociados’. Él apreciaba allí una aplicación del mismo concepto a ‘una diversidad de situaciones tan heterogénea que el nombre resulta completamente equívoco’, y lo vuelve ‘casi inutilizable para interpretar ningún acontecimiento de la actualidad… es indispensable hacer un discernimiento mínimo de ciertos tipos básicos’ (Methol 2002). Su análisis distinguía el ‘Estado-nación’ que surge con la modernidad, cuyo prototipo fue España; el ‘Estado-nación industrial’, que irrumpe con la primera revolución industrial, cuyo prototipo fue Inglaterra, y el Estado continental industrial, que agrega la dimensión continental al estado-nación industrial, cuyo prototipo son los Estados Unidos (Methol 2002). La clasificación, más allá que contiene una amplia argumentación histórica que no podríamos exponer aquí, coincide con la visión de Henry Kissinger: ‘Parte de las turbulencias relacionadas con el nacimiento de un nuevo orden mundial procede de que al menos tres tipos de Estado que se llaman a sí mismos ‘naciones’ están interactuando, mientras comparten pocos de los atributos históricos de las naciones-Estado’ (Kissinger 1994: 807).

Si bien la clasificación de Methol se basa en un análisis histórico, representa también las condiciones de viabilidad de los Estados en la actualidad. Es decir, los dos primeros tipos de Estado serían actualmente insuficientes para asegurar las condiciones de soberanía que todos los Estados socios de la ONU se atribuyen, y le son reconocidos para ser miembro de la organización. Veía en el origen de la Unión Europea la prueba de la insuficiencia del Estado-nación industrial: aún exitosos Estados requerían, para el ejercicio de las condiciones soberanas, evolucionar hacia un Estado continental industrial. Para precisar la escala de la viabilidad de los Estados, Methol empleó el ‘principio del umbral’, que tomó de Eric Hobsbawm y Friedrich List, y que afirma que los Estados requieren para su existencia como tales un conjunto de condiciones mínimas de territorio, población y capacidad productiva (Methol 2013: 89–94).

El tema tiene dos dimensiones: por un lado, la espacial, que conduce muy directamente a la geopolítica, y que se expresa en lo que podríamos llamar ‘continentalismo’, y por el otro la científico-técnica. La cuestión del espacio fue ampliamente tematizada por Methol. Ya en El Uruguay como problema advirtió sobre ‘el claustro de ideologías sin espacio’ (Methol 1967: 87). El continentalismo irrumpe en su vida intelectual de la mano de Perón: lo citaba con frecuencia en este asunto, y solía poner como referencia el artículo ‘Confederaciones continentales’ (Perón 1952). La alianza argentino-brasileña, en ese sentido, debía entenderse como el ‘núcleo básico de aglutinación’ para el objetivo más amplio de la unidad suramericana. Años después, Perón sostendrá que el intento de llevar a cabo esa alianza, junto con Chile, en 1953, se hizo ‘para sentar las bases de los futuros Estados Unidos de Sudamérica’ (Perón 2017 [1967]: 235).6

Otra influencia relevante en la acuñación del concepto “Estado continental industrial” proviene del economista chileno Felipe Herrera,7 a quien colocó en el lugar de privilegio entre el conjunto de internacionalistas, geopolíticos e historiadores con los que confronta sus ideas en Los Estados Continentales y el Mercosur (Methol 2013): incluyó una antología, extraída de tres libros (Herrera 1968, 1970 y 1988).

La tesis central de Felipe Herrera es que no hay paso del Estado-Nación al internacionalismo, sino que ese tránsito actual tiene otra etapa intermedia, con otro protagonista, los Estados Continentales, que son Naciones o Pueblos-continente. Los Estados-Nación no serían ya el último escalón previo a la globalización total, que correspondería a los más amplios Estados Continentales. Estos serían la última mediación hacia la plenitud de la globalización. (Methol 2013: 42–43)

Los orígenes y evolución de conceptos e ideas en torno al continentalismo, y en particular, su empleo en América Latina, han sido analizados por A. Rivarola (2019), mostrando también su irrupción en Brasil. Recupera, por ejemplo, la expresión ‘nacionalismo de quinta frontera’, del sociólogo y pensador brasileño Octavio Ianni, para aludir al nacionalismo continental como forma superadora de los nacionalismos localistas.

Con respecto a la otra dimensión, más allá de compartir las inquietudes y expresiones, teóricas y prácticas, en torno a la ‘industrialización’, que emergen con fuerza en América Latina luego de la crisis de 1929, Methol estudió en profundidad la revolución industrial, viendo en ella una cuestión fundamental de la cultura, más que de la economía, e implicando por ello la principal determinación, en el campo de la historia y de la política, del mundo moderno (Methol 1965).

De la conjunción de ambas dimensiones surge el concepto de ‘Estado continental industrial’, que a partir de fines de la década de 1980 se convirtió en el eje de sus análisis geopolíticos, reconociendo su deuda con el geógrafo alemán Friedrich Ratzel y con Juan Domingo Perón.

¿Qué pasa con los Estados que no alcanzan el umbral? Para Methol, es el caso, por ejemplo, de los Estados fundados en base a la etnicidad y la lengua, exclusivamente, y derivados de la desintegración de los imperios ruso, austrohúngaro y otomano, tras la primera guerra mundial. Su origen estuvo ligado a intereses geopolíticos ajenos a ellos, y fue promovido y aplicado tanto por Lenin como por Woodrow Wilson: Para la transformación del Imperio zarista en un Estado continental, Lenin reconoció numerosas ‘autonomías nacionales’, porque, carentes de viabilidad por sí mismas, contribuían por otro lado a establecer y consolidar el nuevo Estado ruso. Para Wilson, la multiplicación de Estados-nación en Europa era un seguro para evitar la aparición de un Estado continental europeo (Methol 2013: 91–92).

Si bien los Estados-nación hispanoamericanos también derivaron de la desintegración de un Imperio, su constitución tuvo un origen diferente. Para explicarlo, Methol empleó distintos nombres que caracterizarían a esos Estados: ‘Estado parroquial’, ‘polis oligárquica’, ‘Estado-ciudad’. El Estado-ciudad fue ampliamente estudiado por Toynbee, tanto en su versión griega de la época clásica como en su versión renacentista, en el norte de Italia y en Flandes. En ambos casos, representa una modalidad del Estado especialmente dinámica, en su doble confrontación, con los señoríos territoriales, por un lado, y con el centralismo de los reinos por el otro. Pero esos Estados dejaron de ser funcionales a partir del desarrollo del Estado moderno. La adjetivación ‘parroquial’, de este modo, es adjudicable a un Estado-ciudad fuera de época, o, en términos del principio del umbral, fuera de escala. Así, por ejemplo, Toynbee atribuyó el fracaso de la Sociedad de las Naciones a la incapacidad de superar el formato de los ‘Estados parroquiales’ (parochial states, también aludidos como local states) (Hall 2014: 32).

La expresión ‘polis oligárquicas’, la tomó Methol del sociólogo chileno Pedro Morandé (Morandé 1984: 30). La cuestión de fondo es el análisis de la fragmentación del Imperio español en América, y el tipo de Estados a que dio lugar. La interpretación de Morandé -compartida y desarrollada por Methol- es que la crisis y desaparición de la burocracia imperial española, a partir del colapso de la monarquía en 1808, representó en los hechos el traspaso del poder político y administrativo a los comerciantes y hacendados de las principales ciudades hispanoamericanas.

Es decir, los Estados que surgen en América tras la disolución del Imperio español, si bien adoptaron el constitucionalismo europeo o estadounidense, propio de los nuevos Estados-nación, se conformaron en base a un puñado de grandes ciudades que usufructuaban una renta agro-minera-exportadora, a través de una ‘economía extensiva y extractiva, asentada en grandes espacios semivacíos’, con mínima intercomunicación entre ellas, pero estructuralmente unidas a metrópolis industriales (Methol 2002).

Desde su análisis, histórico y económico, Methol va a concluir que los Estados-nación hispanoamericanos están por debajo del umbral. No solo por una cuestión de escala territorial y poblacional, sino por haberse salteado la revolución industrial. Visto el asunto en perspectiva contemporánea, el recurso a la etnicidad como base de reivindicaciones nacionalistas representaba para él una verdadera regresión, que aleja la posibilidad de alcanzar el principio del umbral.

Retomando ideas de Perón y de Felipe Herrera, Methol sostendrá que los Estados Continentales, en tanto escala necesaria para alcanzar un genuino orden mundial, son los actores principales del siglo XXI. Para su análisis utilizó también conceptos de Samuel Huntington, Henry Kissinger y Helio Jaguaribe. ‘El siglo XXI está convocado a establecer un nuevo Concierto de Estados Continentales modernos, plural, para el gobierno de la globalización’ (Methol 2013: 119). Ese ‘Concierto’ -que Methol escribe con mayúsculas, como para otorgarle relieve institucional- tendería a desarrollarse en base a seis grandes potencias (EUA, Europa, China, Japón, Rusia e India), y advertía que, salvo Japón, todos se ajustan a su definición de Estado continental industrial. Por eso sostendría que el G7 ‘tiene un cierto aire anacrónico’, porque hay mayoría de ‘viejos Estados-Nación Industriales’ (Methol 2013: 138). Si la reflexión geopolítica de Methol nació de la pregunta por la viabilidad del Uruguay, desde 1989–1991 su punto de partida podría resumirse, tal vez, en la pregunta que se formula Henry Kissinger en 1994: ‘¿Cuáles son las unidades básicas del orden internacional?’ (Kissinger 1994: 806). Y su respuesta también coincidirá con Kissinger: ‘los Estados de tipo continental, probablemente representarán las unidades básicas del nuevo orden mundial’ (Ídem: 807).

Estos puntos de vista de Methol cobran nueva actualidad en el marco de los debates sobre cómo se está reconfigurando el mundo tras la Guerra de Ucrania. En este sentido, la ex directora de Políticas del Departamento de Estado de Estados Unidos Anne-Marie Slaughter ha sostenido recientemente que ‘la UE desafía a los analistas a repensar la definición de Estado’ (Slaughter 2023: 165), y que su modelo está siendo seguido de cerca por organizaciones como la Unidad Africana y ASEAN. Pero en coincidencia con los puntos de vista que estamos presentando, afirma:

Las uniones regionales poderosas son los intermediarios necesarios entre las instituciones internacionales o globales y los gobiernos estatales y locales. Serán esenciales para la capacidad del mundo de enfrentar desafíos globales que requieren la cooperación de todos los estados (o al menos de la gran mayoría de los estados) para resolverlos. (Ídem: 165)

Pero Methol también advertía que aún no ha llegado el momento del ‘Concierto de Estados continentales’: como veremos enseguida, si bien existe de hecho una ‘multipolaridad civilizatoria’, no todos los círculos culturales poseen en la actualidad ‘Estados nucleares’8 (Methol 2013: 138). El desafío de la conformación de tal ‘Concierto’ reta por supuesto a los círculos culturales carentes de Estado nuclear, pero también a Estados Unidos:

Estados Unidos no puede retirarse del mundo ni tampoco dominarlo. Es el mayor poder mundial, imbricado de tal forma que ya no puede retroceder a ningún aislacionismo. Pero no tiene tanto poder como para imponer o gestar por sí solo el nuevo orden mundial… Para Kissinger, Estados Unidos no tiene otra salida que preparar, ayudar a surgir, un Concierto mundial de potencias, pues éste no está dado. ¿Cuándo se ha visto a una superpotencia preparar sus límites, promoviendo y no reprimiendo el surgimiento de un concierto de potencias? Pero si no lo hace, su hegemonía, al no poder por sí solo inventar el nuevo orden mundial, puede generar un largo interregno sin orden internacional, con desordenes crecientes. Tal el dilema que abre el siglo XXI. (Methol 2013: 138–139)

Si no es posible en el corto plazo el establecimiento del ‘Concierto de Estados continentales’, lo que se ha iniciado, sostiene Methol, es un ‘interregno’, recuperando un concepto de Toynbee. Es decir, un período sin condiciones para el establecimiento de un nuevo orden mundial:

Estamos concordes con Kissinger y Jaguaribe que la mejor y difícil alternativa es el Concierto. Al menos a corto plazo. Pero, a nuestro criterio, no con la antinomia del Imperio, sino con la del interregno, tiempos revueltos mundiales, por falta de capacidad de ningún Estado Continental nuclear de generar por sí solo el nuevo orden mundial. Ni siquiera los Estados Unidos. Y esto lo muestra la profunda crisis en la que ha entrado el proceso de globalización, a solo seis años de la disolución de la URSS. En 1997, la crisis asiática. En 1998, la crisis de Japón y Rusia. En 1999, su apertura con la crisis del Brasil y por ende del Mercosur. ¿El nuevo orden es la desregulación financiera y la crisis permanente de la periferia de Estados Unidos? (Methol 2013: 140).

2.2 Los Estados y los grandes círculos culturales

Se ha dicho que la geopolítica de Methol es una geopolítica culturalista, al punto de sostener que su fundamentación cultural fue en él ‘completamente determinante, llegando a convertirse en una geocultura’ (Restán 2010: 233). Esta perspectiva se inicia con sus lecturas de historia universal, en particular las de Spengler y Toynbee, pero tuvo una inflexión significativa con el conocimiento de la sociología de la cultura de Alfred Weber, que lo llevó a ver en ese enfoque disciplinario una nueva y potente hermenéutica de la historia (Weber 1945),9 como a dos sociólogos con los que mantuvo un diálogo fecundo: el chileno Pedro Morandé y el brasileño Helio Jaguaribe, ya citados. Finalmente, incorporó el concepto de ‘círculo cultural’ (Kulturkreis), con las variantes y especificidades desarrolladas por el antropólogo de la Escuela de Viena Wilhelm Schmidt. En el esquema que propuso en 1985, distinguió ocho círculos culturales en el mundo –a los que renombró como ‘bloques geoculturales’ (Methol 1985a: 51). Methol ha descubierto en esta perspectiva otro modo de abordar la comprensión del mundo globalizado:

Las visiones geopolíticas son más ágiles y flexibles, más urgentes e inmediatas; las visiones geoculturales son más profundas, de más largo aliento… Las dos miradas se implican. La unidad geopolítica de la Tierra en el siglo XX es signo del camino a una fusión cultural planetaria. Vamos hacia la primera cultura mundial, que está naciendo con el material de las culturas actuales (Ídem: 51).

Pero a diferencia del concepto de ‘choque de civilizaciones’, que popularizará Samuel Huntington una década después, la relación entre los bloques culturales debe entenderse como la gestación de una nueva ecúmene, que entiende como

[E]l ámbito donde se congregan, penetran, transforman recíprocamente varias altas culturas… implica tensión de una pluralidad de culturas distintas que se mezclan… una exigencia concreta de nueva universalidad… una nueva síntesis que sepa asumir y transfigurar el conjunto conflictivo en una nueva unidad abarcadora” (Methol 1985b: 75).

De allí la geocultura, porque el surgimiento de una ecúmene mundial no implica ‘mero gobierno político, va más a las raíces, es ante todo sentido, valor, significado de la vida de las personas y los pueblos’ (Methol 1985b: 76). El proceso de constitución de la ecúmene mundial va acompañado, desde su remoto inicio en el siglo XVI, del surgimiento de ‘pueblos nuevos’, concepto que toma de Darcy Ribeiro, pero al que le da un sentido más amplio, aplicable a la totalidad de los países de América Latina:

El cambio de las matrices esenciales de un pueblo, de sus creencias, comportamientos y valores fundamentales, implican una crisis de identidad y el surgimiento posible de un pueblo nuevo. Hay pueblo nuevo ya cuando se cambia la matriz cultural, ya cuando se mezclan varios pueblos y el mestizaje está presidido por la matriz de uno de ellos. (Methol 1985b: 76)

La expresión vale para América y África, pero no para los tres grandes bloques del mundo árabe, el mundo hindú y el mundo chino-japonés, cuyo desafío es más bien su actualización para aportar sus tradiciones milenarias a la ecúmene mundial.

Methol comparte la idea de Huntington acerca de que los círculos culturales han tenido históricamente, y poseen actualmente, uno o dos Estados centrales (‘core state’), entendidos como los más poderosos y culturalmente fundamentales (Huntington 1996: 135). La cuestión más relevante, desde esta perspectiva, y de obvias connotaciones geopolíticas, es que Huntington considera que tres civilizaciones, en su clasificación, carecen de un ‘Core State’ en la actualidad: el mundo árabe, África y América Latina. Aunque, en este último caso, sostiene que Brasil es el principal candidato: ‘El tamaño, recursos, población, potencial militar y económico de Brasil lo califican para ser el líder de Latinoamérica, y cabe pensar que pueda llegar a serlo’ (Ídem: 135–136).

Pero Methol considera que solo pueden ser Estados nucleares los Estados continentales:

Un Estado-Nación cualquiera no puede ser Estado nuclear. Las candidaturas no son indeterminadas. Deben ser el ‘más allá’ de los tipos tradicionales de Estado-Nación, en lo más avanzado posible de la sociedad industrial actual, y eso lo que muestra desde hace ya un siglo el paradigma del Estado Continental norteamericano. (Methol 2013: 118).

Pero si la geopolítica tiene como componente necesario la realidad de los círculos o bloques geoculturales, para Methol se hace difícil elaborarla sin tomar en consideración el estado general de la cultura de los grandes agentes involucrados. Porque se estaría omitiendo un aspecto significativo del análisis de las condiciones de los actores, como cuando ese análisis se limita a las variables de espacio, población y recursos. De allí que sea importante tomar en cuenta, entre los rasgos de su geopolítica, un aspecto del análisis del círculo cultural occidental que propuso en su último libro (Methol 2006: 101–122). Methol empleó allí el concepto de nihilismo libertino para referirse a una tendencia creciente, desde la década de 1960, y dominante desde la década de 1990. Tempranamente había afirmado ‘una inmanencia cada vez más vacía, que produce actualmente esas experiencias de asfixia en el último pensamiento filosófico y literario. El nihilismo es su más perfecto acabamiento’ (Methol 1955 [1952]), o que ‘la marea del nihilismo hoy socava la civilización’ (Methol 1982: 120). El añadido ‘libertino’, más reciente, proviene de su lectura del filósofo italiano Augusto del Noce (Del Noce 1979), pero también de un geopolítico: Zbignew Brzezinski, cuyo diagnóstico sobre los desafíos que enfrentaban Estados Unidos y Europa Occidental tras el derrumbe del socialismo real analizó con detenimiento. Methol tomó por ejemplo su concepto ‘cornucopia permisiva’, para aludir al ‘énfasis en la riqueza material, el consumo y la propagación de la autocomplacencia como definición de una buena vida’ (Brzezinski 1995: 67). Estrictamente, la ‘cornucopia permisiva’ es definida como la conducta que coloca en primer lugar de la vida a la autogratificación, y que conduce a equiparar la libertad con el hedonismo y la gratificación material (Ídem: 68). En los propios términos de Methol, ‘el eterno círculo del placer del poder y del poder del placer’ (Methol 2006: 103). El deslizamiento hacia esa modalidad de la cultura tenía implicancias, para Methol, del mismo modo que para Brzezinski, en la consistencia del poder y en la claridad del rumbo estratégico.

3. Las ideas geopolíticas de Methol dentro de la geopolítica en América Latina

Las ideas presentadas, que configuraron el pensamiento geopolítico de un autor que no adoptó específicamente un marco disciplinar para su actividad intelectual, tienen relación con distintas tradiciones del pensamiento latinoamericano. Hemos visto ya a José Enrique Rodó y su amplio y variado discipulado, encuadrado en el arielismo, como instancia clave de la autoconciencia latinoamericana. Así estimó Methol su papel:

[E]n el 1900, en el mismo momento en que Ratzel vislumbra el carácter de Estados Unidos como potencia emergente de nuevo tipo, aparece en América Latina la primera generación que empieza a repensar la unidad continental. Es la generación de José Enrique Rodó, de Manuel Ugarte, de Rufino Blanco Fombona, de Francisco García Calderón, de José Vasconcelos, de Carlos Arturo Torres. Estos intelectuales latinoamericanos del 1900, sin la percepción orgánica y sistemática de Federico Ratzel, intuyeron sin embargo algo muy parecido. O sea, advirtieron la emergencia del poder de los Estados Unidos, que se hace visible con la guerra de Cuba de 1898, y también lo entendieron como un nuevo paradigma del poder, frente al cual contrastaba la fragmentación del antiguo Imperio Español en América en múltiples países, medianos, pequeños y pequeñísimos. De allí surge el ideal de esa generación, de una “Patria Grande” unificada. (Methol 2002).

Methol valoró también al político intelectual peruano Víctor Raúl Haya de la Torre como el autor de ‘la primera teorización general para superar las polis oligárquicas de América Latina’ (Methol 2002), pero que no llegó a elaborar un camino político y estratégico transitable para la unificación. Methol siguió por supuesto los pasos de la elaboración de una geopolítica sudamericana y latinoamericana, desde la obra pionera del catalán Carlos Badía Malagrida hasta los clásicos de la geopolítica brasileña, Mario Travassos y Golbery do Couto e Silva, aunque atribuyó a Perón, como hemos visto, el primer trazado de una estrategia realista para el objetivo de unificación planteado desde el 900.

Más recientemente, el pensamiento de Methol se encuadra en lo que Andrés Rivarola y otros autores han definido como geopolítica de la integración (Rivarola y Briceño-Ruiz 2021; Perrotta y Martínez Larrechea 2014 y 2019). ‘La geopolítica de la integración es una síntesis de distintas corrientes de pensamiento, estudio y acción. Es una perspectiva geopolítica particular, desde la periferia… una escuela geopolítica latinoamericana’ (Rivarola y Briceño Ruiz 2021, 51). En ella han confluido autores y obras provenientes de la economía, como el desarrollismo y el estructuralismo, y del pensamiento internacional, como la denominada Escuela de la autonomía (Briceño-Ruiz 2019: 125) y los cultores de la geopolítica estricta.

La ‘integración’ y el ‘integracionismo’ han sido tema principal de un conjunto significativo y variado de obras, autores y corrientes del pensamiento latinoamericano del siglo XX. Es posible establecer un linaje que los conecte. Aplicando el concepto de ‘generación’ de José Ortega y Gasset, se ha propuesto recientemente un estudio comparado de ‘un grupo representativo de intelectuales argentinos, brasileños y uruguayos, en cinco generaciones entre 1900 y 1960. Desde diversas ópticas, a veces contradictorias, esos intelectuales compartieron una visión regional del espacio sudamericano y latinoamericano en su contexto global’ (Pereira 2020: 1). Llamativamente, el linaje se abre y cierra con dos pensadores uruguayos: José Enrique Rodó y Alberto Methol Ferré.

Notes

[1] Durante el siglo y medio que va desde fines de la década de 1830 hasta la década de 1970, la política uruguaya tuvo dos partidos políticos protagonistas: el Partido Colorado y el Partido Nacional (o Blanco); sus principales líderes, en la primera mitad del siglo XX, fueron respectivamente, José Batlle y Ordóñez y Luis Alberto de Herrera. Con posterioridad a esa fecha, ambos partidos comparten el protagonismo en el sistema político uruguayo con una tercera fuerza, el Frente Amplio, en la que confluyeron el Partido Socialista, la Democracia Cristiana, el Partido Comunista y el Movimiento de Participación Popular, además de otras fuerzas menores. Luis Alberto de Herrera (1873–1959) acompañó su liderazgo con una labor de investigación histórica que quedó plasmada en más de una decena de libros.

[2] ‘Tercera posición’ se aplica a cosas distintas. Como referencia del sentido en que lo entendió y practicó Methol ver Methol 1984:6–7. También el análisis histórico y crítico del tercerismo uruguayo de Arturo Ardao y Carlos Real de Azúa (Real de Azúa 1997).

[3] El discurso tuvo carácter confidencial, y Perón recién hizo pública su autoría en 1967. Methol lo conoció por su publicación en un diario de Montevideo, y se sorprendió que los exiliados peronistas, que empezaron a llegar a Uruguay después del golpe militar que derrocó a Perón en 1955, no lo conocieran.

[4] Aunque el nombre se ha generalizado a otros teólogos y corrientes, el sentido predominante de la expresión se refiere a un grupo de teólogos franceses, entre los que se destacan Ives Congar (1904–1995), Henri de Lubac (1896–1991), Jean Danielou (1905–1974) y Theilard de Chardin (1881–1955), todos ellos muy presentes en la obra de Methol.

[5] Aunque no haya evidencia de influencias recíprocas, un título del mismo formato fue adoptado por Pedro Laín Entralgo en 1948, España como problema (Madrid: Seminario de Problemas Hispanoamericanos), por Darcy Ribeiro en 1995, O Brasil como problema (Rio de Janeiro: Francisco Alves) y más recientemente Carlos Altamirano y Adrián Gorelik coordinaron la obra colectiva La Argentina como problema (Buenos Aires: Siglo XXI, 2018).

[6] El libro Latinoamérica, ahora o nunca y El Uruguay como problema de Methol, fueron los volúmenes 3 y 4 de la colección Despertar de América Latina, publicados por la editorial Diálogo, de la ciudad de Montevideo, propiedad del senador herrerista Enrique Erro. En el proyecto de esta colección estuvieron involucrados también los exiliados brasileños Paulo Schilling y Neiva Moreira, ligados al líder político trabalhista Leonel Brizzola, y con los cuales Methol tenía un diálogo regular. La inclusión del discurso de Perón de 1953 en Latinoamérica, ahora o nunca, fue sugerida por Methol. Los datos provienen de Castellucci 2017 y Pulfer 2018.

[7] Felipe Herrera (1922–1996) fue un economista y político chileno, primer director del Banco Interamericano de Desarrollo (BID) entre 1960 y 1970, del que fue uno de sus principales impulsores.

[8] Methol empleó la expresión ‘Estado nuclear’ en manifiesta relación con la de ‘Core State’ de Samuel Huntington, pero se apartó de la traducción española de J. P. Tosaus (Buenos Aires: Paidós, 1997), que emplea ‘Estado central’. ‘Estado nuclear’ resulta equívoco, por su empleo para referirse a los Estados con armas nucleares. No hay explicación sobre el porqué de la preferencia, aunque es conocida la referencia de “regiones nucleares” para las áreas de las civilizaciones americanas antiguas; en el caso sudamericano, la región andina ocupada por el Imperio inca.

[9] La versión española alteró el sentido del título original: La historia de la cultura como sociología de la cultura (Kulturgeschichte als Kultursoziologie).

Intereses en competencia

Los autores no tienen ningún conflicto de intereses que declarar.

Language: Spanish
Page range: 22 - 33
Submitted on: Jun 25, 2024
Accepted on: Feb 9, 2025
Published on: Feb 28, 2025
Published by: Stockholm University Press
In partnership with: Paradigm Publishing Services

© 2025 Javier Restán, J. Ramiro Podetti, published by Stockholm University Press
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